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Martes, 11/4/00

Pedro Fernández, jefe de Componentes y Aditivos del Instituto Carlos III
"No hay que menospreciar los efectos adversos de los aditivos"

"Los alimentos que consumimos no podrían existir sin el empleo de los aditivos alimentarios, pero no hay que menospreciar los efectos contrarios de su uso", explica Pedro Fernández, del Carlos III, de Madrid. "Si bien es cierto que los aditivos alimentarios son necesarios en el mundo actual, no debemos menospreciar los posibles efectos adversos de su utilización", ha manifestado Pedro Mario Fernández, jefe de sección de Componentes y Aditivos del Centro Nacional de Alimentación, del Instituto de Salud Carlos III, de Madrid, durante una conferencia en el I Taller de los Sentidos Gourmets celebrado en Madrid.

Explica que el empleo de aditivos está plenamente justificado con el propósito de que los alimentos lleguen al consumidor con un mejor aspecto y en mejores condiciones físicas, químicas, microbiológicas y organolépticas, y "que de ningún modo deberán encubrir materias primas o métodos de fabricación incorrectos". A la pregunta de qué se entiende por aditivos, el experto señala que son "aquellas sustancias que se añaden intencionalmente a los alimentos y bebidas sin el fin de cambiar su valor nutritivo, con el objetivo de modificar sus caracteres, sus técnicas de elaboración o conservación y para mejorar su adaptación al uso que van destinados". Opina que los compuestos en la mayoría de los casos están bien controlados, pero aún así, "el consumidor medio se pregunta ¿qué está comiendo?"

A su juicio, existe alarma social y dudas sobre los compuestos de los productos que se ingieren: "Los casos de las dioxinas o vacas locas provocan en el consumidor un sentimiento de rechazo hacia aquello de origen químico".

De origen lejano

La sociedad de hoy día consume más de las dos terceras partes de los alimentos en forma preparada o procesada. Los aditivos alimentarios no tienen su origen en la moderna industria alimentaria, sino que se vienen utilizando desde tiempos lejanos, con los mesopotámicos, egipcios o romanos. En un principio, los aditivos fueron clasificados por su origen en naturales y sintéticos. Esta división contribuyó durante algún tiempo al mantenimiento de una dualidad errónea en la que se equiparaba lo natural con lo sano y lo sintético con lo peligroso, lo que podía condicir al consumidor a una actitud equivocada. Ahora, -apunta Fernández- es más adecuado clasificar a los aditivos de acuerdo a su actividad específica. Esto es: sustancias que impiden las alteraciones químicas y biológicas (antioxidantes, conservantes...); sustancias estabilizadoras de las características físicas (emulgentes, espesantes...); correctoras de las cualidades plásticas (correctores de la vinificación...), y modificadoras de los caracteres organolépticos (colorantes, edulcorantes, artificiales...).

Fernández pide a los organismos competentes una reevaluación periódica de los compuestos debido a los nuevos datos científicos o toxicológicos o de nuevas técnicas de análisis. Sonia G. Sainz Bruselas pone en vigor el etiquetado obligatorio para los alimentos transgénicos La medida se aplicará cuando cualquier ingrediente del producto supere el 1% de modificación


AGENCIAS, Bruselas

La Unión Europea (UE) puso ayer en vigor la obligatoriedad de etiquetar todos los alimentos cuyos ingredientes (incluso por separado) contengan más de un 1% de organismos genéticamente modificados, según confirmó la Comisión Europea. Asimismo, todos aquellos alimentos que lleven aditivos y aromas fabricados a partir de organismos transgénicos deberán someterse a las mismas reglas de etiquetado. En España, las organizaciones de consumidores juzgaron positiva la medida, aunque insuficiente, porque exime de informar al público cuando el porcentaje transgénico sea inferior al 1. La fijación de un límite en el 1% tiene como objetivo pasar por alto la presencia "accidental" de ingredientes transgénicos en alimentos convencionales, según fuentes comunitarias.

La Comisión argumenta que en algunas ocasiones se utilizan medios de transporte que dan lugar a la contaminación involuntaria de los productos. La medida aspira a afrontar reglamentariamente el problema de la presencia accidental de organismos transgénicos en los productos, pero no constituye un etiquetado del tipo Sin organismos genéticamente modificados, subrayó la Comisión. Además, el umbral del 1%, según la Comisión, intenta responder a la cuestión de los industriales que se encuentran en sus productos con un porcentaje de material que ha sido genéticamente modificado como consecuencia de una contaminación accidental. "El límite del 1%", dijo el portavoz de la Comisión, "aporta una seguridad jurídica a esos industriales". De todas formas, éstos deberán presentar pruebas de que han evitado la utilización de organismos genéticamente modificados como materia prima para sus productos.

La proporción de material accidentalmente transgénico no debe exceder del 1% de cada ingrediente considerado por separado. Por ejemplo, en caso de un producto que contenga almidón de maíz transgénico, el porcentaje permitido será del 1% del almidón en sí, no del producto. Y, puesto que el almidón no constituye más que una pequeña parte del producto que lo contiene, la proporción real de organismos genéticamente modificados en el producto será muy inferior al 1%. El almidón de maíz o la lecitina de soja son aditivos utilizados en numerosas marcas de chocolate, que hasta hoy no han tenido que indicar en sus etiquetas la presencia de transgénicos.

En España las asociaciones de consumidores acogieron favorablemente la medida, aunque con matices. Según Rafael Urrialde, de la Unión de Consumidores de España (UCE), el etiquetado reforzará la información al público, porque hasta ahora, aunque el fabricante debía hacer constar si el producto contenía transgénicos, no siempre era posible para el consumidor comprobarlo. La nueva normativa incentivará que los fabricantes exijan certificados a los proveedores de que las materias primas están libres de ingredientes transgénicos, y también podrán solicitar especificación detallada de la cantidad que contienen. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) criticó que el reglamento no establezca un control de las materias primas empleadas por el fabricante y que sólo se refiera al producto ya elaborado. "Si el fabricante quiere saltarse a la torera la norma, a ver quién le controla", apuntó el portavoz de la citada organización, José María Múgica.

Genes y antibióticos

Las industrias afectadas por la normativa de la Unión Europea ya temen el debate que se producirá mañana en el Parlamento Europeo, y que girará sobre la modificación de la directiva comunitaria que establece las condiciones de autorización de productos transgénicos. La Eurocámara debatirá 30 enmiendas a la posición establecida por el Consejo de Ministros de la UE en diciembre del año pasado. Una de las enmiendas más polémicas es la que se opone al uso de organismos portadores de genes resistentes a los antibióticos, y que vetaría su utilización incluso con fines científicos. Esa iniciativa ya fue rechazada por el Consejo de Ministros tras la primera lectura en el Parlamento. Pero los eurodiputados vuelven a la carga. Otra enmienda importante es la que pide que se atribuya al fabricante toda la responsabilidad legal sobre cualquier perjuicio que el uso de transgénicos pueda acarrear para la salud.

Además, la Eurocámara deberá pronunciarse sobre si procede prohibir la diseminación de transgénicos en especies o cultivos convencionales. Francia apoya el "derecho a saber" de los consumidores EFE, París Francia defendió el "derecho a saber" y el "principio de precaución" de los consumidores en materia de seguridad alimentaria, al inaugurarse ayer una reunión en París del Codex Alimentarius, organismo encargado de definir las normas en ese campo y dependiente de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) de la ONU. El secretario francés de Comercio Exterior, François Huwart, afirmó que el Codex, que reúne a 165 países, debe hacer una "síntesis no fácil", pero "indispensable", entre la protección al consumidor y la libertad de comercio. La idea del "principio de precaución" estriba en la necesidad de "proteger a la población ante la eventualidad de un riesgo inaceptable para la salud" y cuando los datos científicos son "incompletos y controvertidos". EE UU teme que se traduzca en un "proteccionismo disfrazado". La reunión del Codex se abre en un contexto de inquietud de los consumidores franceses, preocupados por las vacas locas, las dioxinas y la comercialización de los alimentos transgénicos.


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