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Desde que los hombres existen en la superficie del globo han estado expuestos individualmente o en masa a la influencia de causas morbosas, físicas o morales. Mientras permanecieron en su primer estado, bastáronles un corto número de remedios, porque la sencillez de su género de vida tan solo les daba a conocer muy pocas enfermedades. Pero las causas de la alteración de la salud y la necesidad de socorros medicinales han crecido en proporción a los progresos de la civilización.
Desde entonces, es decir, desde que existió Hipócrates, o hace dos mil quinientos años ha habido hombres que se han entregado al tratamiento de las enfermedades cada vez más numerosas, y cuya vanidad les hacía buscar en su imaginación medios para aliviarlas. Tantas cabezas diversas produjeron una infinidad de doctrinas acerca de la naturaleza de las enfermedades y de sus remedios, estableciendo sistemas que todos estaban en contradicción unos con otros y aun con ellos mismos.
Cada una de estas sutiles teorías, admiraba al principio a todo el mundo por su profundidad ininteligible, y atraía a su autor una multitud de entusiastas prosélitos, a pesar de que ninguna utilidad podían reportar de ellas en la práctica, hasta que un nuevo sistema, las más veces del todo opuesto al precedente, hacía olvidar a éste, y a su vez captábase por algún tiempo la opinión general. Pero ninguno de estos sistemas estaba conforme con la naturaleza y con la experiencia. Todos eran un tejido de sutilezas fundadas en consecuencias ilusorias que de nada podían servir en el lecho de los enfermos, y que sólo eran propios para alimentar vanas disputas.
Al lado de estas teorías, y sin ninguna dependencia de ellas, se formó un método que consiste en emplear ciertas mezclas de medicamentos desconocidos contra diferentes clases de enfermedades arbitrariamente admitidas, siempre en contradicción con la naturaleza y la experiencia, y por consiguiente sin resultado ventajoso. A esta antigua medicina, es a la que se da el nombre de alopatía.
Sin desconocer los servicios que un gran número de médicos ha prestado a las ciencias accesorias del arte de curar, a la física, a la química, a la historia natural, en sus diferentes ramos, y a la del hombre en particular, a la antropología, a la fisiología, a la anatomía, etc., sólo me ocupo aquí de la parte práctica de la medicina, para demostrar de qué modo tan imperfecto se han tratado hasta ahora las enfermedades. Mis miras son muy superiores a las de esta rutina mecánica, que juega con la vida tan preciosa del hombre, tomando por guía colecciones de recetas, cuyo número cada día mayor, prueba su ineficacia. Dejo este escándalo a la hez del pueblo médico, y solamente me ocupo de la medicina reinante, que se imagina que su antigüedad le da realmente el carácter de ciencia.
Esta antigua medicina se lisonjea de ser la sola que merece el título de racional, porque es la sola, ella, que busca y separa la causa de las enfermedades, y la sola también que sigue las huellas de la naturaleza en el tratamiento de las mismas. Tolle causam, grita sin cesar; pero se limita a este vano clamor. Figúrase poder encontrar la causa de la enfermedad aunque en realidad no la encuentre, porque no puede conocerla ni por consiguiente encontrarla. En efecto, como la mayor parte, la inmensa mayoría de las enfermedades, son de origen y de naturaleza dinámica, su causa nos es desconocida. De consiguiente, veíase obligada a buscar una causa ideal. Comparando por un lado el estado normal de las partes internas del cuerpo humano después de la muerte (anatomía), con las alteraciones visibles que estas partes presentan en los individuos muertos de enfermedades (anatomía patológica), y por otro, las funciones del cuerpo vivo (fisiología) con las infinitas alteraciones que experimentan en los innumerables estados morbosos (patología, semeiótica). y sacando de todo esto conclusiones relativas al modo invisible con que se efectúan los cambios en el interior del hombre enfermo, se llegaba a formar una imagen vana y fantástica, que la medicna teórica miraba como la causa primera de la enfermedad (1), haciendo luego de ella la causa próxima y al mismo tiempo la esencia íntima de esta enfermedad, la enfermedad misma, por más que el buen sentido dicte que nunca la causa de una cosa puede ser esta misma cosa.
Ahora bien, ¿cómo se podía, sin querer engañarse a sí mismo, hacer de esta causa quimérica un objeto de curación, prescribir contra ella medicamentos cuya tendencia curativa era igualmente desconocida, al menos de la mayor parte de ellos, y sobre todo acumular muchas sustancias desconocidas en lo que se llaman fórmulas? El sublime proyecto de encontrar a prior¡ la causa interna e invisible de la enfermedad, se reducía, al menos por lo que respecta a los médicos reputados por más racionales de la antigua escuela, a buscar el carácter genérico de la enfermedad tomando por base los síntomas (2).. Queríase saber si era el espasmo, la debilidad o la parálisis, la calentura o la inflamación, la induración o la obstrucción de tal o cual parte, la plétora sanguínea, el exceso o el defecto de oxígeno, de carbón, de hidrógeno o de ázoe en los humores, la exaltación o disminución de la vitalidad del sistema arterial, venoso o capilar; un defecto en las proporciones relativas de los factores de la sensibilidad, de la irritabilidad o de la nutrición.
Estas conjeturas, designadas por la escuela con el nombre de indicaciones derivadas de la causa interna, y miradas como la sola racionalidad posible en medicina, eran demasiado hipotéticas y falaces para tener la menor utilidad en la práctica. Incapaces, aún cuando hubiesen sido fundadas, de dar a conocer el remedio más a propósito para tal o cual caso dado, lisonjeaban sobre manera el amor propio del que laboriosamente las daba a luz, aunque en la mayor parte de los casos le inducían a error, cuando trataba de obrar según ellas. La mayor parte entregábanse a estas conjeturas más bien por ostentación, que con fundada esperanza de aprovecharse de ellas para llegar a la verdadera indicación curativa. ¿Cuántas veces no acontecía que el espasmo o la parálisis parecía existir en una parte del organismo, mientras que la inflamación parecía encontrarse en otra? ¿Qué remedios, pues, podían emplearse contra cada uno de estos pretendidos caracteres generales?
Semejantes medios sólo habrían podido ser los específícos, es decir, medicamentos cuyos efectos fuesen análogos a la irritación morbífica (3); pero la escuela antigua los proscribía como muy peligrosos (4), porque en efecto, la experiencia había demostrado, que con las elevadas dosis consagradas por el uso, se comprometía la vida en las enfermedades, durante las cuales hay una susceptibilidad muy grande a las irritaciones homogéneas. Así no se debía ni se podía curar por la vía directa y la más natural, cual es con remedios homogéneos y específicos, puesto que la mayor parte de los efectos producidos por los medicamentos eran y quedaban desconocidos, y porque aún cuando hubiesen sido conocidos, jamás se hubiera podido, con semejantes hábitos de generalización, adivinar la sustancia que debía emplearse.
Sin embargo, la escuela antigua que conocía muy bien cuánto más racional es seguir el camino recto que enredarse en sendas desviadas, todavía creía curar directamente las enfermedades eliminando su pretendida causa material. Erale casi, imposible renunciar a estas ideas groseras, procurando formarse una imagen de la enfermedad, o descubrir indicaciones curativas, así como tampoco estaba en su mano descubrir la naturaleza a la vez espiritual y material del organismo en las alteraciones de sus sensaciones y acciones vitales, que es lo que constituye las enfermedades, que resultan únicamente de impresiones dinámicas, y no de otra causa.
La escuela, pues, consideraba la materia alterada por la enfermedad, ya estuviese solamente en él estado de turgescencia, ya fuese arrojada al exterior, como la causa productora de la enfermedad, o al menos, por razón de su pretendida reacción, como la que la sostiene; cuya última opción admite hoy día. He aquí porque creía curar dirigiendose a las causas, haciendo toda especie de esfuerzos para expulsar del cuerpo las causas materiales que ella suponía en 1a enfermedad. De aquí su gran anhelo en hacer vomitar, con el fin de evacuar la bílis en las diversas calenturas biliosas, su método de prescribir vomitivos en las afecciones del estómago (5). su conato de expulsar la pituita y los vermes en la palidez del rostro, la bulimia, los retortijones y el abultamiento del vientre en los niños (6), su costumbre de sangrar en las hemorragias (7). y principalmente la importancia que da a las emisiones sanguíneas de toda especie (8), como una indicación principal que cumplir en las inflamaciones.
Obrando de este modo, cree obedecer a las indicaciones verdaderamente deducidas de la causa, y tratar las enfermedades de un modo racional. Imaginase también, que ligando un pólipo, extirpando una glándula tumefacta, o haciéndola destruir por la supuración determinada por medio de irritantes locales, disecando un quiste esteatomatoso o melicérico operando un aneurisma, una fístula lacrimal, o una fístula del ano; amputando un pecho canceroso o un miembro cuyos huesos estén cariados, etc., ha curado ya las enfermedades radicalmente, destruyendo sus causas. Igual creencia tiene cuando emplea los repercusivos y deseca las úlceras antiguas de las piernas con los astringentes, óxidos de plomo, de cobre y de zinc, asociados con los purgantes que en nada disminuyen el mal fundamental, y no hacen más que debilitar: cuando cauteriza los cánceres, destruye localmente los granos y verrugas, y repercute la sarna de la piel con los ungüentos de azufre, plomo, de mercurio o de zinc; en fin, cuando hace desaparecer una oftalmía con las disoluciones de plomo y de zinc, y cuando ahuyenta los dolores de los miembros por medio del bálsamo de Opodeldoc, de las pomadas amoniacales, o de las fumigaciones de cinabrio y de ámbar. En todos estos casos, cree haber anonadado el mal y haber empleado un tratamiento racional dirigido contra la causa.
Pero ¿ cuáles son las consecuencias? Nuevas enfermedades que se manifiestan infaliblemente tarde o temprano, las cuales cuando aparecen, se toman por nuevas, y que siempre son más graves que la afección primitiva, lo que refuta altamente las teorías de la escuela. Debería abrir los ojos, y encontraría que el mal es de una naturaleza inmaterial más profundamente oculta, que su origen es dinámico, y que sólo puede destruirse por un agente dinámico. La hipótesis, a la verdad muy sutil, que la escuela prefirió hasta en los tiempos modernos, era la de los principios morbíficos y acrimonías, según los cuales es menester desembarazar los vasos sanguíneos y linfáticos, por medio de los órganos urinarios o de las glándulas salivales; el pecho, por medio de las glándulas traqueales y bronquiales; el estómago y canal intestinal por el vómito y las deposiciones albinas, sin lo que no se puede decir que el cuerpo esté libre de la causa material que excita la enfermedad, y que se ha hecho una curación radical según el principio tolle causam. Practicando aberturas en la piel, que la presencia habitual de un cuerpo extraño convertía en úlceras crónicas (cauterios, sedales), creía trasegar la materia pecante del cuerpo, que no es más que una enfermedad dirámíca, a la manera que se hace salir el poso de un tonel taladrándolo con una tarraja.
Creía también atraer al exterior los malos humores con los vejigatorios mantenidos perpetuamente. Mas todos estos procedimientos, absurdos y contrarios a la Naturaleza, no hacen más que debilitar a los enfermos y por fin hacerlos incurables. Convengo que en todas las enfermedades que se presentan para curar, era tanto más cómodo para la debilidad humana suponer un principio morbífico cuya materialidad podía concebir el entendimiento, cuanto que los enfermos se prestaban voluntariamente a tal hipótesis. Efectivamente, una vez supuesta, sólo debía tratarse de escoger una cantidad de medicamentos suficientes para purificar la sangre y los humores, excitar el sudor, facilitar la expectoración, y limpiar el estómago e intestinos.
He aquí porqué todas las Materias Médicas que se han escrito desde Dioscórides guardan un silencio casi absoluto acerca de la acción propia y especial de cada medicamento, y sólo después de haber enumerado sus pretendidas virtudes contra tal o cual enfermedad nominal de la patología, se limitan a decir que promueve la secreción de la orina, del sudor, la expectoración o el flujo menstrual, y sobre todo que tiene la propiedad de evacuar por arriba o por abajo el contenido del canal alimenticio, porque en todo tiempo los esfuerzos de los prácticos han tendido principalmente a expulsar el principio morbífíco material y muchas acrimonías a que atribuían la causa de las enfermedades. Todo esto no era más que sueños vanos, suposiciones gratuitas, hipótesis desprovistas de base, hábilmente imaginadas para la comodidad de la terapéutica, que se lisonjeaba de tener una misión más fácil que cumplir, cuando según ella se trataba de combatir los principios morbíficos materiales (si modo essent).
Pero la esencia de las enfermedades y su curación no se sujetan a nuestros gustos y a los deseos de nuestra indolencia. Para adaptarse a nuestras locas hipótesis, las enfermedades no pueden dejar de ser aberraciones dinámicas que nuestra vida espiritual experimenta en su manera de sentir y de obrar, es decir, cambios inmateriales en nuestra manera de ser. Las causas de nuestras enfermedades no pueden ser materiales, puesto que cualquiera sustancia material extraña (9) introducida en los vasos sanguíneos, por más inocente que parezca, es rechazada prontamente como un veneno por la fuerza vital, o, en caso que no pueda serlo, ocasiona la muerte. Introdúzcase el más pequeño cuerpo extraño en nuestras partes sensibles, y el principio de la vida que se halla esparcido en todo nuestro interior, no reposa hasta haber separado este cuerpo por el dolor, la fiebre, y la supuración o la gangrena. ¡Y, en una enfermedad de la piel que datase de veinte años, este principio vital, cuya actividad es infatigable, sufriría con paciencia tantos años en nuestros humores un principio exantemático material, un virus herpético, escrofuloso o gotoso¡ ¿Qué nosologista ha visto jamás estos principios morbíficos, de que habla con tanta seguridad, y sobre los cuales pretende construir un plan de conducta médica? ¿Quién pondrá jamás a la vista de nadie un principio gotoso, un virus escrofuloso?
Aun cuando la aplicación de una sustancia material a la piel, o su introducción en una úlcera, haya propagado enfermedades por infección, ¿quién podría probar, como tan comúnmente afirman nuestras patologías, que la menor partícula material de esta sustancia penetre en nuestros humores o se halle absorbida? (10). Por más que se laven las partes genitales con el mayor cuidado y prontitud posible, esta precaución no preserva de las úlceras venéreas. Basta un débil soplo que se escapa de un hombre afectado de viruelas para producir esta terrible enfermedad en un niño sano. ¿Qué cantidad de este principio material debe penetrar en los humores para producir, una enfermedad (la sífilis), que por defecto del tratamiento durará hasta los últimos días quizás solo borrará la muerte, y en el segundo, una afección (viruelas) que tan comúnmente acaba con la vida en medio de una supuración casi general? (11 )
- ¿Es posible, que en ambas circunstancias y otras análogas admitamos un principio morbífico material que haya pasado a la sangre? Se ha visto muy comúnmente que cartas escritas en el cuarto de un enfermo comunicaban la misma enfermedad al que las leía. ¿Supondremos entonces alguna cosa material que penetre en los humores? ¿Más de que sirven todas estas pruebas? ¿Cuántas veces no hemos visto palabras injuriosas ocasionar una fiebre biliosa que ponía la vida en peligro, o una profecía indiscreta causar la muerte a la época predicha, y una sorpresa agradable o desagradable suspender súbitamente el curso de la vida? ¿Dónde está entonces el principio morbífico material que se ha introducido en sustancia en el cuerpo; que ha producido la enfermedad, que la sostiene, y sin cuya expulsión material por medio de medicamentos se intentaría en vano toda curación radical?
Los partidarios de tan falsa hipótesis como la de los principios morbíficos, deberían avergonzarse de desconocer hasta tal punto la naturaleza espiritual de nuestra vida, y el poder dinámico de las causas que ocasionan las enfermedades, y de humillarse a un comportamiento tan innoble, que en sus vanos esfuerzos para barrer las materias morbíficas cuya existencia es una quimera, matan a los enfermos en vez de curarlos. ¿Serán pues, los esputos a menudo tan desagradables, que se observan en las enfermedades, la materia que las engendra y sostiene? (12) ¿No son siempre más bien productos de la enfermedad, es decir, de la alteración puramente dinámica que la vida ha experimentado ?Con estas falsas ideas materiales acerca del origen y la esencia de las enfermedades, no es sorprendente que en todo tiempo así los prácticos más distinguidos como los de rnenos nota y aun los inventores de los sistemas más sublimes, hayan dirigido todo su conato a la expulsión de una pretendida materia morbífica, y que la indicación más frecuente haya sido la de eliminar esta materia, hacerla movible, procurar su salida por la saliva, los esputos, el sudor y la orina; la de purificar la sangre por la acción inteligente de las tisanas; de desembarazarlo así de las acrimonías y de las impurezas que jamás existieron; de trasegar el principio imaginario de la enfermedad por medio de sedales, cauterios, vejigatorios permanentes y sobre todo la de hacer salir la materia pecante por el canal intestinal a beneficio de los laxantes y purgantes realzados con el titulo de aperitivos, y de disolventes con el fin de darles más importancia y un exterior más imponente. Estos esfuerzos de expulsión de una materia morbífica capaz de engendrar y de sostener las enfermedades debieran tenerse por ridículas, hallándose el organismo viviente bajo la dependencia de un principio vital inmaterial, y no siendo la enfermedad más que un desacuerdo dinámico de esta potencia en relación de sus actos y de sus sensaciones.
Ahora pues; si admitimos, lo que no podemos dudar, que a excepción de las enfermedades producidas por la introducción de sustancias del todo indigestas o perjudiciales en los órganos digestivos u otras vísceras huecas, por la penetración de cuerpos extraños al través de la piel, etc., no existe ninguna que reconozca por causa un principio material, sino por el contrario, todas ellas son siempre y únicamente el resultado especial de una alteración virtual y dinámica de la salud, ¿cuán fatales no deben parecer al hombre sensato los métodos de tratamiento que tienen por base la expulsión (13) de este principio imaginario, pues que ningún buen resultado puede tener en las principales enfermedades del hombre y menos en las crónicas perjudicándolas siempre enormemente?
. Las materias degeneradas y las impurezas que se hacen visibles en las enfermedades, no son otra cosa, sin contradicción, que productos de la enfermedad, de los cuales sabe el organismo desembarazarse, de una manera a veces demasiado violenta sin el socorro de la medicina evacuante, y que renacen mientras dura la enfermedad. Estas materias muchas veces se presentan al verdadero médico como síntomas morbosos, y le ayudan a trazar el cuadro de la enfermedad, el cual luego le sirve para buscar un agente medicinal homeopático propio para su curación.
Mas los actuales partidarios de la escuela antigua, no quieren aparentar que sea su principal objeto la expulsión de los principios morbíficos materiales. Llaman método derivativo a las evacuaciones numerosas y variadas que emplean, y pretenden que en esto imitan a la naturaleza del organismo enfermo, que en sus esfuerzos para restablecer la salud extingue la fiebre, por el sudor y la orina; la pleuresía, por la epistaxis, los sudores y esputos mucosos; otras enfermedades por el vómito, la diarrea y el flujo de sangre, los dolores articulares por ulceraciones en las piernas; la angina por la salivación o por metástasis y abscesos que produce en otras partes distantes del sitio del mal. Según esto, creen que lo mejor es imitar a la naturaleza, y siguen sendas extraviadas en el tratamiento de la mayor parte de las enfermedades.
Queriendo incitar a la fuerza vital enferma abandonada a sí misma. proceden de un modo indirecto (14) aplicando irritaciones heterogéneas más fuertes en otras partes distantes del sitio de la enfermedad, promoviendo y sosteniendo evacuaciones por los órganos que más difieren de los tejidos afectados, a fin de desviar en algún modo el mal hacia esta nueva localidad. Esta derivación ha sido y es aún, uno de los principales métodos curativos de la escuela reinante hasta el día. Imitando así a la naturaleza medicatrix, según la expresión empleada por otros, intenta excitar violentamente, en las partes menos enfermas, y que mejor pueden soportar la enfermedad medicinal, nuevos síntomas, que bajo la apariencia de crisis y la forma de evacuaciones, deben, según ellos, derivar la enfermedad primitivo (15), a fin de que las fuerzas medicatrices de la naturaleza puedan efectuar poco a poco la resolución (16).
Los medios que emplean para conseguir este objeto son el uso de sustancias que excitan el sudor y la orina, las emisiones sanguíneas, los sedales y cauterios, mereciendo la preferencia los irritantes del canal alimenticio propios para determinar evacuaciones por arriba o particularmente por abajo, de cuyos irritantes los últimos han recibido los nombres de aperitivos y disolventes (17). Este método derivativo engendra otro con el cual tiene mucha afinidad, y que consiste en el uso de irritantes antagonistas como los tejidos de lana sobre la piel, los baños de pies, los nauseabundos, los tormentos del hambre impuesta al estómago y canal alimenticio, los medios que excitan dolor, inflamación y supuración de las partes vecinas o distantes del mal, como los sinapismos, los vejigatorios, el torvisco, los sedales, los cauterios, la pomada de Autenreith, las moxas, el hierro candente, la acupuntura, etc. Con esto se sigue también las huellas de la simple naturaleza que entregada a sí misma, quiere desembarazarse de la enfermedad dinámica por dolores que produce en partes distantes, por metástasis y abscesos, por erupciones cutáneas o úlceras en supuración, cuyos esfuerzos bajo este respecto todos son inútiles cuando se trata de una afección crónica.
Estos métodos indirectos de la escuela antigua, tanto el derivativo como el antagonista, no proceden de un cálculo razonado, sino solamente de una indolente imitación que la ha inducido a procedimientos muy poco eficaces, muy debilitantes y perjudiciales para poder aparentar que apaciguan o desvían las enfermedades por algún tiempo, aunque sustituyendo al mal antiguo otro más peligroso. ¿Y este resultado merece el nombre de curación? Tratose únicamente de seguir la marcha instintiva de la naturaleza en los esfuerzos que ésta hace, y que solo obtienen un mediano éxito (18) en las enfermedades agudas poco intensas.
No se ha hecho mas que imitar el poder vital conservador abandonado a si mismo, el cual, fundado únicamente en las leyes orgánicas del cuerpo, no obra tampoco sino en virtud de estas leyes sin discurrir ni reflexionar sus actos. Se ha imitado a la simple naturaleza que no puede, a la manera que un cirujano inteligente, reunir los labios separados de una herida y aproximarlos por primera intención; que en una fractura es impotente, por más cantidad de materia huesosa que derrame, para afrontar ambos extremos del hueso; que no sabiendo ligar una arteria herida, deja sucumbir a un hombre lleno de vida y de fuerza por la pérdida de toda la sangre; que ignora el arte de colocar en su natural situación la cabeza de un hueso dislocado a consecuencia de una luxación, e impide en muy poco tiempo que el cirujano pueda reducirlo por la hinchazón que produce a su alrededor; que para desembarazarse de un cuerpo extraño violentamente introducido en la córnea transparente, destruye el ojo entero por la supuración; que en una hernia estrangulada no sabe destruir el obstáculo sino por la gangrena y la muerte; y que, por último, en las enfermedades dinámicas agrava a menudo la enfermedad, por los cambios de forma que les imprime.
Hay más aun. esta fuerza vital no inteligente permite que existan en nuestro cuerpo los mayores tormentos de nuestra existencia terrestre, los manantiales de las innumerables enfermedades que por espacio de tantos siglos afligen a la especie humana, es decir, los miasmas crónicos. la psora, la sífilis y la sicosis. Lejos de poder arrojar del organismo uno solo de estos miasmas, ni siguiera puede moderarlos; los deja por el contrario ejercer tranquilamente sus estragos hasta que la muerte se apodera del enfermo, las más veces después de largos y tristes años de sufrimientos. ¿Cómo, pues, en una cosa tan importante como la curación, en una obra que exige tanta meditación y juicio, la escuela antigua que se dice racional, ha podido tomar esta fuerza vital por instructora, por su guía único, imitar sin reflexión los actos indirectos y revolucionarios que ejecuta en las enfermedades, seguirla en fin como el mejor y el más perfecto de los modelos, cuando se nos ha concedido la razón, este don magnífico de la divinidad, para poder excederla en los socorros que debemos administrar a nuestros semejantes?
Cuando la medicina dominante aplicando así, como acostumbra hacerlo, sus métodos antagonista y derivativo, que únicamente se fundan en una imitación ínconsiderada de la energía grosera, automática y sin inteligencia que ve desplegar a la naturaleza ataca órganos inocentes, y los colma de dolores más agudos que los de la enfermedad contra la cual van dirigidos, o lo que comúnmente acontece, les obliga a verificar evacuaciones que disipan enteramente las fuerzas y los humores, su objeto es desviar, hacia la parte que irrita, la actividad morbosa que la naturaleza desplegaba en los órganos primitivamente afectados, quitando así en su raíz y de un modo violento, la enfermedad natural, produciendo una enfermedad más fuerte y de otra especie, en un punto que hasta entonces había estado libre, es decir, sirviéndose de medios indirectos y desviados que agotan las fuerzas y las más veces traen consigo graves dolores (19).
Verdad es que con estos falsos ataques, cuando la enfermedad es aguda, y por consiguiente su curso no puede ser de larga duración, se traslada a otras partes distantes y nada semejantes a las que al principio ocupaba; pero no por esto se ha logrado la curación. Nada hay en este tratamiento revolucionario que se refiera de una manera directa, e inmediata a los órganos primitivamente enfermos, y que merezca el título de curación. Si se hubieran evitado esos golpes fatales dirigidos a la vida del resto del organismo, se habría visto muy comúnmente desvanecerse la enfermedad por sí sola de una manera más rápida, dejando en pos de sí menos sufrimientos, sin causar tanta consunción de fuerzas.
Por otra parte, ni el procedimiento seguido por la simple naturaleza, ni su imitación alopática, pueden ponerse en paralelo con el tratamiento homeopático directo y dinámico, que, conservando las fuerzas, extingue la enfermedad de una manera rápida e inmediata. Mas, en la mayoría de las enfermedades, en las afecciones crónicas, estos tratamientos perturbadores, debilitantes e indirectos de la escuela antigua casi nunca producen ningún bien. Su efecto se limita a suspender por un corto número de días tal o cual síntoma incómodo, que reaparece luego que la naturaleza, se ha acostumbrado a la irritación distante: la enfermedad se presenta otra vez más molesta, porque los dolores antagonistas (20) y las imprudentes evacuaciones han debilitado la energía de la fuerza vital.
Mientras que la mayor parte de los alópatas, imitando de un modo general los esfuerzos saludables de la simple naturaleza entregada a sí misma, introducía en la práctica estas derivaciones, que ellos variaban según las indicaciones sugeridas por sus propias ideas, otros, poniendo la mira en otro objeto más elevado aun favorecían con todo su poder la tendencia que la fuerza vital manifiesta en las enfermedades para desembarazarse de ellas por medio de evacuaciones y metástasis antagonistas, intentaban en algún modo auxiliarla activando esas derivaciones y evacuaciones, y creían que siguiendo esta conducta, podían arrogarse el título de ministros de la naturaleza. Como en las enfermedades crónicas acontece muy comúnmente que las evacuaciones producidas por la naturaleza procuran algún poco de alivio en los casos de dolores agudos, de parálisis, de espasmos, etc., la antigua escuela creyó que el verdadero medio de curar las enfermedades era favorecer, sostener o aumentar estas evacuaciones. Pero no advirtió que todas las pretendidas crisis producidas por la naturaleza abandonada a sí misma, procuran tan sólo un alivio paliativo y de corta duración, y que, lejos de contribuir a la verdadera curación, agravan por el contrario el mal interior primitivo por la consunción que producen de fuerzas y de humores. Con semejantes esfuerzos de la simple naturaleza jamás se ha visto restablecer al enfermo de un modo, duradero jamás estas evacuaciones excitadas por el organismo (21), han curado enfermedad crónica alguna.
Al contrario, en todos los casos de este género se ve, que después de una insignificante mejoría, cuya duración va siempre disminuyendo, la afección primitiva se agrava de un modo muy manifiesto y los accesos vuelven otra vez más frecuentes y más fuertes aunque no cesen las evacuaciones. Así mismo, cuando la naturaleza, entregada a sus propios medios en las afecciones crónicas internas que comprometen la vida, no sabe socorrerse sino procurando la aparición de síntomas locales externos, con el fin de desviar el peligro de los órganos indispensables a la existencia, trasportándolo por metástasis a los que no lo son: estos efectos de una fuerza vital enérgica, pero sin inteligencia, sin reflexión, sin previsión, no inducen a una curación completa; no son más que paliaciones, cortas suspensiones impuestas a la enfermedad interna a expensas de una gran parte de humores y de fuerzas, sin que la afección primitiva haya perdido nada de su gravedad. Sin el auxilio de un verdadero tratamiento homeopático, lo mas que pueden hacer es retardar la muerte, que es inevitable.
No contenta la alopatía de la escuela antigua con exagerar demasiado los esfuerzos de la simple naturaleza, les daba una falsísima interpretación. Creyendo infundadamente que eran verdaderamente saludables, procuraba favorecerlos, les daba mayor desarrollo, con la esperanza de poder destruir del todo el mal y lograr de este modo una curación radical. Cuando en una enfermedad crónica, la fuerza vital parecía hacer cesar tal o cual síntoma penoso del escaso interior, por ejemplo, por medio de un exantema húmedo, entonces el ministro de la naturaleza aplicaba un epispástico o cualquier otro exutorio sobre la superficie en supuración que se había establecido, para sacar de la piel una cantidad de humor más grande aun, y ayudar así a la naturaleza en la curación, separando del cuerpo el principio morbífico.
Mas, cuando la acción de este remedio era demasiado violenta, el herpes muy antiguo y el enfermo muy irritable, la afección externa aumentaba mucho sin provecho para el mal primitivo, y los dolores, haciéndose más vivos, privaban de dormir al enfermo, disminuían sus fuerzas, y a menudo determinaban la aparición de una erisipela de mal carácter con calentura: otras veces cuando el remedio obraba con más suavidad en la afección local, quizás todavía reciente, ejercía una especie de homeopatismo externo sobre el síntoma local que la naturaleza había hecho nacer en la piel para aliviar la afección interna, renovaba también esta última, a la que se unía un peligro mayor, y exponía a la fuerza vital, por esta supresión del síntoma local, a producir otro más peligroso en alguna parte más noble. En cambio sobrevenía una oftalmía rebelde, sordera, espasmos del estómago, convulsiones epilépticas, accesos de sofocación, ataques de apoplejía, enfermedades mentales, etc., (22).
14 En lugar de extinguir el mal con prontitud, sin dilación y sin agotar las fuerzas; como hace la homeopatía, con el auxilio de potencias medicinales dinámicas dirigidas contra las partes afectadas del organismo. 15 ¡Como si lo inmaterial pudiera derivarse! Según esto, la consideran una materia morbífica, por sutil que se la suponga. 16 Las enfermedades medianamente agudas son las únicas que acostumbran terminar de una manera pacífica cuando han llegado al término de su curso natural, ya empleando remedios alopáticos que no tengan mucha energía, ya absteniéndose de todo medio semejante: la fuerza vital, reanimándose, sustituye poco a poco el estado normal al anormal, que desaparece gradualmente. Mas en las enfermedades muy agudas y en las crónicas. que forman la inmensa mayoría de aquellas a que el hombre está sujeto, este recurso falta tanto a la simple naturaleza como a la escuela antigua. En estos casos, los esfuerzos espontáneos de la fuerza vital y los procedimientos imitadores de la alopatía son impotentes para conseguir la resolución; y cuando más puede resultar de ello una tregua de corta duración, durante la cual el enemigo reune sus fuerzas, para tarde o temprano reaparecer más temible que nunca. 17Esta expresión denota que se suponía también la presencia de una materia morbífica que se había de disolver y expulsar. 18 La medicina ordinaria consideraba los medios que la naturaleza del organismo emplea para aliviarse, en aquellos enfermos que no hacen uso de medicamento alguno, como modelos perfectos dignos de imitar. Pero iba muy equivocada. Los miserables y extremadamente incompletos esfuerzos que la fuerza vital hace para auxiliaras a sí misma en las enfermedades agudas, son un espectáculo que debe excitar al hombre no contentarse con una estéril compasión y a desplegar todos los recursos de su inteligencia, a fin de que por medio de una curación radical te ponga término a estos tormentos que la naturaleza se impone a sí misma. Si la fuerza vital no puede curar homeopáticamente una enfermedad ya existente en el organismo produciendo otra enfermedad nueva y semejante a esta (pars. 43 46), lo que en efecto es muy raro esté a su alcance (50), y si el organismo, privado de todos los socorros exteriores, está por sí solo encargado de triunfar de una enfermedad que acaba de aparecer (su resistencia es del todo impotente en las afecciones crónicas), no vemos más que esfuerzos dolorosos y muchas veces peligrosos para salvarse a toda costa, esfuerzos que no pocas veces van seguidos de la muerte.
No sabiendo lo que pasa en la economía del hombre sano, con menos razas podremos ver lo que acaece cuando la vida está alterada. Las operaciones que se verifican en las enfermedades no se anuncian sino por los cambios perceptibles. por los síntomas, único medio por el que nuestro organismo puede expresar las alteraciones sobrevenidas en su interior, de suerte que en cada caso dado, ni siquiera sabemos cuales son, entre los síntomas, los debidos a la acción primitiva de la enfermedad. y los que derivan de las reacciones por las cuales la fuerza vital busca evadirse del peligro. Unos y otros se confunden entre sí a nuestra vista, y no nos ofrecen sino una imagen reflejada al exterior de todo el mal interior, puesto que los efectos infructuosos por los cuales la vida abandonada a sí misma trata de hacer cesar la enfermedad, son también sufrimientos del organismo entero. He aquí por que las evacuaciones que la naturaleza ordinariamente excita al fin de las enfermedades cuya invasión ha sido repentina. que es lo que se llama crisis, sirven más veces de perjuicio que de alivio. Lo que la fuerza vital hace en sus pretendidas crisis y el modo como lo realiza, son misterios para nosotros del mismo modo que todos los actos interiores que se efectúan en la economía orgánica de la vida.
Lo que sin embargo hay de cierto, la que, en el decurso de estos esfuerzos hay más o menos partes que padecen y se encuentran sacrificadas para salvar lo restante. Estas operaciones de la fuerza vital, como que combaten una enfermedad aguda según las leyes de la constitución orgánica del cuerpo, y no según las inspiraciones de un pensamiento reflexivo, las más veces no obran sino de un modo alopático. A fin de desembarazar por una crisis los órganos primitivamente afectados, aumenta la actividad de los órganos secretorios, hacia los cuales deriva la afección de los primeros; sobrevienen vómitos, diarreas, flujos de orina, sudores, abscesos, etc., y la fuerza nerviosa atacada dinámicamente, trata en cierto modo de descargarse por medio de productos materiales. La naturaleza del hombre abandonada a sí misma, no puede evadirse de las enfermedades agudas sino por la destrucción y el sacrificio de una parte del organismo, y si a esto no se sigue la muerte, la armonía de la vida y de la salud no puede restablecerse sino de una manera lenta e incompleta. La gran debilidad, el enflaquecimiento etc., que los órganos que han estado expuestos a los ataques del mal y aun el cuerpo entero padecen después de una curación espontánea, prueban muy exactamente lo que acaba de sentarse. En una palabra, toda la marcha de las operaciones por las cuales el organismo por sí solo trata de desembarazarse de las enfermedades que padece, no hace ver al observador más que un tejido de sufrimientos, y nada le muestra que pueda o que deba imitar, si quiere realmente ejercer el arte de curar. 19 La experiencia diaria prueba cuán impotente es este procedimiento en las enfermedades crónicas, solo alguna que otra vez se efectúa la curación.
Mas ¿podría uno lisonjearse de haber ganado una victoria, si en lugar de atacar a su enemigo cara a cara y con armas iguales. y terminar el combate por la muerte, se limitase a incendiar el país que deja tras sí, a cortarle toda retirada, y a destruirlo todo en derredor suyo? Con tales medios se conseguiría quebrantar el valor de su adversario, pero no por esto se lograría el objeto deseado: el enemigo no está anonadado, aun existe, y cuando haya podido proveer otra vez sus almacenes, erguirá de nuevo la cabeza, más feroz que antes. Entre tanto el pobre país, del todo ajeno a la contienda, queda destruido de tal modo que sólo con el tiempo podrá recobrar su antiguo esplendor. He aquí lo que sucede a la alopatía en las enfermedades crónicas, cuando sin curar la enfermedad, arruina y destruye el organismo con ataques directos contra órganos inocentes distantes del sitio del mal. He aquí unos resultados de los cuales no puede vanagloriarse. 20 ¿Qué resultado favorable han tenido jamás estas úlceras fétidas y artificiales tan comúnmente empleadas, llamadas exutorios? Si en los primeros 7 o 15 días, mientras aun no causan muchos dolores, por su antagonismo parecen disminuir ligeramente la enfermedad crónica, más tarde, cuando el cuerpo se ha habituado al dolor, no causan otro efecto que debilitar al enfermo y abrir así un campo más vasto a la afección crónica.
¿Es posible que en el Siglo XIX haya médicos que consideren estos exutorios como desagues por los cuales se escapa la materia pecante, casi se ve uno inclinado a creerlo. 21 Tampoco lo han conseguido las evacuaciones producidas por el arte. 22 Estas son las consecuencias naturales de la supresión de los síntomas locales de que se trata, consecuencias que el médico alópata mira muchas veces como enfermedades nuevas y del todo diferentes.
La misma pretensión de ayudar a la fuerza vital en sus esfuerzos curativos, conducía al ministro de la naturaleza, cuando la enfermedad hacía afluir la sangre a las venas del recto o del ano (hemorroides), a recurrir a las aplicaciones de sanguijuelas, -comúnmente en gran número, para dar salida a la sangre por este punto.. La emisión sanguínea procuraba un corto alivio, algunas veces demasiado ligero para que se hiciese mérito de él; pero siempre debilitaba el cuerpo, y daba lugar a una congestión más fuerte aun hacia la extremidad del canal intestinal, sin disminuir en nada el mal primitivo. En casi todos los casos en que la fuerza vital enferma trataba de evacuar un poco de sangre por el vómito la expectoración, etc., con el fin de disminuir la gravedad de una afección interna peligrosa, auxiliaba enérgicamente estos pretendidos esfuerzos saludables de la naturaleza, y sacaba sangre de la vena en abundancia; lo que no dejaba de acarrear en lo sucesivo graves inconvenientes debilitando el cuerpo de un modo manifiesto. Cuando un enfermo padecía frecuentes náuseas, bajo el pretexto de entrar en el sendero de la naturaleza, se le prodigaban vomitivos, que lejos de hacer bien, producían peligrosas consecuencias, accidentes graves y aun la muerte.
Algunas veces la fuerza vital, para apaciguar un poco el mal interno, produce ingurgitaciones frías de las glándulas exteriores. El ministro de la naturaleza cree servir bien a su divinidad haciendo supurar estos tumores por medio de toda especie de fricciones y de aplicaciones estimulantes, para luego introducir el instrumento cortante en el absceso ya maduro, y dar salida a la materia pecante. Mas la experiencia nos ha enseñado mil y mil veces cuáles son los males interminables que casi sin excepción, resultan de esta práctica. Como el alópata ha visto que muchas veces los sudores nocturnos sobrevenidos espontáneamente, o ciertas deposiciones naturales de materias líquidas alivian algún poco los sufrimientos en las enfermedades crónicas, créese obligado a seguir estas indicaciones de la naturaleza; cree además que ha de secundar el trabajo que se hace, a su vista, prescribiendo un tratamiento sudorífico completo, o el uso continuado por muchos años de lo que el llama laxantes suaves, para desembarazar con más seguridad al enfermo de la afección que le atormenta. Pero esta conducta sólo tiene un resultado negativo, esto es, agrava siempre la enfermedad primitiva.
Cediendo al imperio de esta opinión que ha abrazado sin examen, a pesar de su falta absoluta de fundamento, el alópata continúa en secundar (23) los esfuerzos de la fuerza vital enferma, y en exagerar aun las derivaciones y evacuaciones, que jamás conducen al objeto deseado, antes bien a la ruina de los enfermos, sin advertir que todas las afecciones locales, evacuaciones y aparentes derivaciones, son efectos producidos y sostenidos por la fuerza vital abandonada a sí misma con el fin de aliviar un poco la enfermedad, contra cuya totalidad no hay otro remedio más verdadero y expedito que un medicamento elegido según la analogía de los fenómenos determinados por su acción en el hombre sana, o en otros términos, un medicamento homeopático. Como todo lo que la simple naturaleza hace para aliviarse en las enfermedades agudas y particularmente en las crónicas, es muy imperfecto, y aun origina otra enfermedad, es muy natural creer que los esfuerzos del arte trabajando en el mismo sentido de esta imperfección, para aumentar los resultados, perjudican aun más, y que a lo menos en las enfermedades agudas, no pueden remediar lo que las tentativas de la naturaleza tienen de defectuoso, puesto que no encontrándose el médico en estado de seguir las vías ocultas por las cuales la fuerza vital verifica sus crisis, no podrá obrar más que al exterior con medios enérgicos, cuyos efectos son menos benéficos que los de la naturaleza entregada a sí misma, pero en cambio más perturbadores y más funestos. Este alivio incompleto que la naturaleza llega a alcanzar por derivaciones y crisis, el médico no puede conseguirlo siguiendo igual camino; a pesar de todo sus esfuerzos, se queda todavía muy inferior a este miserable socorro que al menos proporciona la fuerza vital abandonada a sus propias fuerzas. Escarificando la membrana pituitaria se ha querido producir evacuaciones de sangre por las narices, imitando las hemorragias nasales naturales, con el fin de apaciguar, por ejemplo, los accesos de una cefalalgia crónica. Sin duda se podía así sacar bastante cantidad de sangre para debilitar al enfermo; pero el alivio era mucho menor del que se hubiese conseguido en otra ocasión en que, por su propio impulso, la fuerza vital instintiva hubiese tan solo hecho emanar algunas gotas de sangre.
Uno de estos sudores o diarreas llamadas críticas, que la fuerza vital, continuamente en acción, excita a consecuencia de una incomodidad súbita producida por el miedo, el temor, en un enfriamiento, un cansancio, es más eficaz para disipar prontamente los sufrimientos agudos del enfermo, que todos los sudoríficos o purgantes de una oficina, que no hacen más que agravar al enfermo. La experiencia diaria no permite dudemos de ello. No obstante, la fuerza-vital, que no puede obrar por sí misma sino en conformidad a la disposición orgánica de nuestro cuerpo, sin inteligencia, sin reflexión y sin discernimiento, no se nos ha dado para que la miremos como el mejor guía que deba seguirse en la curación de las enfermedades, ni menos aun para que imitemos servilmente los esfuerzos incompletos y morbosos que ella hace para volver la salud, añadiendo a ellos otros actos más contrarios que los suyos al objeto que se propone alcanzar; para que nos ahorremos los trabajos de inteligencia y reflexión necesarios al descubrimiento del arte de curar, y por último, para que coloquemos en lugar de la más noble de las artes humanas una mala copia de los auxilios poco eficaces que la naturaleza administra, cuando se la abandona a sus propias fuerzas. ¿Qué hombre racional querría imitarla en sus esfuerzos conservadores? Estos esfuerzos son precisamente la enfermedad misma, y la fuerza vital morbosamente afectada es la que origina la enfermedad.
El arte, pues debe de toda necesidad aumentar el mal cuando imita sus procederes, y suscitar mayores peligros cuando suprime sus esfuerzos. Pues bien, la alopatía hace lo uno y lo otro. ¡Y esto es lo que se llama una medicina racional! ¡No! esta fuerza innata en el hombre, que dirige la vida de una manera perfecta durante la salud, cuya presencia se hace sentir igualmente en todas las partes del organismo, en la fibra sensible como en la fibra irritable, y que es el resorte infaltable de todas las funciones normales del cuerpo no ha sido creada para servir de guía en las enfermedades, para ejercer una medicina digna de imitación. ¡No! la verdadera medicina, obra de la reflexión y del juicio, es una creación del ingenio humano que cuando la fuerza vital instintiva, automática e incapaz de raciocinar, ha sido arrastrada por la enfermedad a acciones anormales, sabe, por medio de un medicamento homeopático, imprimirla una modificación morbosa análoga, pero un poco más fuerte, de manera que la enfermedad natural no puede ya influir en ella, y después de la desaparición, que no tarda mucho, de la nueva enfermedad producida por el medicamento, recobra su estado normal presidiendo de nuevo al sostenimiento de la salud, sin que durante esta conversión haya sufrido ningún perjuicio doloroso o capaz de debilitarla.
La medicina homeopática enseña los medios de conseguir este resultado. Muchos enfermos tratados según los principios de la antigua escuela que acabamos de mencionar, curaban de sus enfermedades, no en los casos crónicos (no venéreos), sino en los casos agudos que presentan menos peligro. No obstante, sólo lo alcanzaban por medio de rodeos tan penosos, y de una manera muchas veces tan imperfecta, que no se podía decir fuesen deudores de sus curaciones a la influencia de un arte suave en sus procedimientos. En la circunstancia en que el peligro no era nada inminente, unas veces se contentaba con reprimir las enfermedades agudas por medio de sus principales síntomas, o por medio de un paliativo enantiopático (contraria contrarias curantur): otras veces también se suspendían por medio de ¡restantes o revulsivos aplicados sobre puntos diferentes del órgano enfermo, hasta haberse terminado el curso de su resolución natural, es decir, que se les oponían medios indirectos que causaban una pérdida de fuerzas y de humores.
Obrando de este modo, la mayor parte de lo que era necesario para separar completamente la enfermedad y reparar enteramente las pérdidas experimentadas por el individuo, quedaba aun a cargo de la fuerza conservadora de la vida. Esta debía, pues, triunfar del mal agudo natural y de las consecuencias de un tratamiento mal dirigido. Ella era la que, sólo en algunos casos designados por la casualidad, debía desplegar su propia energía para volver las funciones a su ritmo natural, lo que las más veces cumplía con dificultad, de una manera incompleta, y no sin accidentes de naturaleza diversa. Es dudoso que esta marcha seguida por la medicina actual en las enfermedades agudas, acorte o facilite realmente un poco el trabajo a que la naturaleza debe entregarse para lograr la curación, puesto que ni la alopatía, ni la naturaleza pueden obrar de una manera directa, porque los métodos derivativo y antagonista de la medicina no son propios sino para afectar más y más el organismo, y acarrear una mayor pérdida de fuerzas.
La escuela antigua cuenta también con otro método curativo, al que da el nombre de excitante y fortificante(24), y que se vale de sustancias llamadas excitantes, nervinas, tónicas, confortativas y fortificantes. Sorprende verdaderamente el ver que se envanezca de seguir este método. ¿Se ha conseguido jamás extinguir la debilidad que engendra y sostiene o aumenta tan comúnmente una enfermedad crónica, prescribiendo, como lo ha hecho ella tantas veces, el vino del Rhin y de Tokay? Como semejante método no podía curar la enfermedad crónica, origen de la debilidad, las fuerzas del enfermo disminuían tanto más cuanto más vino se le hacía tomar, porque a las excitaciones artificiales, la fuerza vital opone un decaimiento de fuerzas durante la reacción. ¿Se ha visto jamás que la quina, o las sustancias diversas que llevan el nombre colectivo de amargos, den fuerzas en estos casos, por desgracia demasiado frecuentes? ¿Estos productos vegetales, que se tenían por tónicos, fortificantes en todas circunstancias, no gozaban, a la manera que las preparaciones marciales, la prerrogativa de añadir muchas veces nuevos males a los antiguos, a consecuencia de su propia acción morbífica, sin poder hacer cesar la debilidad dependiente de una antigua enfermedad desconocida? ¿Los ungüentos nervinos, o los demás tópicos espirituosos y balsámicos han disminuido jamás de un modo duradero, ni siquiera momentáneo, la parálisis incipiente de un brazo o de una pierna que procede, como comúnmente acaece, de una enfermedad crónica, sin que primeramente ésta se haya curado? ¿Las conmociones eléctricas y galvánicas, han tenido jamás otros resultados, en circunstancias iguales, que hacer poco a poco más intensa y finalmente total la parálisis de la irritabilidad muscular y de la excitabilidad nerviosa? (25) ¿Los tan ensalzados excitantes y afrodisíacos, el ámbar, la tintura de cantáridas, las criadillas de tierra, los cardamomos, la canela y la vainilla, no acaban constantemente por convertir en una impotencia total la debilidad gradual de las facultades viriles, cuya causa en todos los casos es un miasma crónico no advertido? ¿Cómo puede, pues, lisonjearse de una adquisición de fuerza y de excitación que dura algunas horas, cuando el resultado que se sigue conduce al estado contrario, según las leyes de la naturaleza de todos los paliativos?
El poco alivio que los excitantes y fortificantes procuran a las personas que se curan de enfermedades agudas, por el antiguo método es mil y mil veces superado por los inconvenientes que de su uso resulta en las enfermedades crónicas. Cuando la antigua medicina no sabe ya qué hacer para atacar una enfermedad crónica, usa a ciegas medicamentos que designa con el nombre de alterantes. Echa mano de los mercuriales, el calomelano, el sublimado corrosivo, el ungüento mercurial; peligrosos medios que ella tanto encarece, hasta en las enfermedades no venéreas, y que con tanta prodigalidad dispensa, haciéndoles obrar por tanto tiempo en el cuerpo del enfermo, que al fin la salud queda completamente arruinada. Verdad es que produce grandes cambios; pero estos cambios nunca son favorables, y constantemente la salud se destruye sin remedio por la acción de un metal que es pernicioso en el más alto grado, siempre que no se emplea oportunamente.
Cuando en todas las fiebres intermitentes epidémicas, comúnmente esparcidas en vastas comarcas, prescribe a altas dosis la quina que sólo cura homeopáticamente la verdadera fiebre intermitente de los pantanos, y esto admitiendo que la psora no se oponga a ello, da una prueba palpable de su conducta ligera e inconsiderada, puesto que estas fiebres afectan un carácter diferente cada vez que, por decirlo así, se presentan, y por consiguiente reclaman casi siempre otro remedio homeopático, del cual una corta dosis única o repetida, basta entonces para curarlas radicalmente en breves días. Como estas enfermedades reaparecen por accesos periódicos, como la escuela antigua no ve en ella otra cosa más que el tipo, como en fin ella no conoce ni quiere conocer otros febrífugos más que la quina, cree que para curar las calenturas intermitentes le basta extinguir el tipo con dosis acumuladas de quina o de quinina, lo que el instinto irreflexivo, pero aquí bien inspirado, de la fuerza vital, trata de impedir muchas veces por meses enteros. Pero el enfermo engañado por este tratamiento falaz, después que se ha suprimido el tipo de su fiebre, jamás deja de experimentar sufrimientos más vivos que los causados por esta misma fiebre. Se pone pálido, asmático, sus hipocondrios parecen estar ceñidos por una ligadura, pierde el apetito, su sueño nunca es tranquilo, no tiene fuerza ni valor, hínchansele con frecuencia las piernas, el vientre y aun el rostro y las manos. Sale así del hospital curado, según pretenden, y comúnmente es necesario un tratamiento homeopático penoso, no para restablecerle la salud, sino solamente para librarle de la muerte.
La escuela antigua se jacta de que con auxilio de la valeriana, que en semejante caso obra como medio antipático, consigue disipar por algunas horas el profundo estupor que acompaña a las fiebres nerviosas; pero como el resultado que obtiene es de corta duración, como se ve precisada a aumentar incesantemente la dosis de valeriana para reanimar al enfermo algunos momentos, no tarda en ver que las más altas dosis no producen el efecto que espera, al paso que la reacción determinada por una sustancia cuya impresión estimulante no es más que un simple efecto primitivo, paraliza enteramente la fuerza vital, y entrega el enfermo a una muerte cercana, que este supuesto tratamiento racional hace inevitable. Sin embargo, la escuela no conoce que en semejante caso mata indefectiblemente atribuyendo tan sólo la muerte a la malignidad del mal. La digital purpúrea con la que tan arrogante se muestra la escuela cuando quiere poner remiso el pulso en las enfermedades crónicas, es quizá un paliativo más temible. La primera dosis de este medicamento poderoso, que aquí obra de una manera enantiopática, disminuye seguramente el número de las pulsaciones arteriales por algunas horas sin que por esto tarde mucho el pulso en recobrar su velocidad. Se aumenta la dosis con el fin de que se disminuya todavía un poco, lo que en efecto se' observa, hasta que llegan a ser ineficaces dosis más y más fuertes; y en la reacción, que no es posible ya impedir, la velocidad del pulso es muy superior a la que había antes de la administración de la digital: el número de pulsaciones se acrecienta entonces a tal punto que no es posible el contarlas; el enfermo no tiene el menor apetito, ha perdido todas sus fuerzas, en una palabra, se ha transformado en un verdadero cadáver. Ninguno de los enfermos que han sido tratados así, se escapa de la muerte, sino es para caer en una manía incurable (26). Estos eran los tratamientos adoptados por los alópatas.
Los enfermos se veían obligados a sujetarse a esa triste necesidad, pues ninguna mejoría hubieran hallado en los demás médicos porque su instrucción dimanaba de un mismo manantial impuro. La causa fundamental de las enfermedades crónicas no venéreas y los medios capaces de curarlos eran desconocidos de estos prácticos, que hacían ostentación de sus curaciones dirigidas, según ellos, contra las causas, y del cuidado que decían tener de remontarse al origen de estas afecciones para formar el diagnóstico (27). ¿Cómo hubieran podido curar el número inmenso de enfermedades con sus métodos indirectos; imperfectas y peligrosas imitaciones de los esfuerzos de una fuerza vital automática, imitaciones que no están destinadas a servir de modelos en la conducta que seguirse debe en medicina? Lo que creían era el carácter del mal, lo miraban como la causa de la enfermedad; y según esto, dirigían sus pretendidas curaciones radicales contra el espasmo, inflamación (plétora), la calentura, la debilidad general o parcial, la pituita, la putridez, las obstrucciones, etc., que ellos pretendían desviar con la ayuda de antiespasmódicos, antiflogísticos, fortificantes, excitantes, antisépticos, fundentes, resolutivos, derivativos, evacuantes, y otros medios antagonistas, cuyos efectos ellos mismos no conocían sino muy superficialmente. Pero indicaciones tan vagas no son suficientes para poder encontrar remedios verdaderamente útiles y menos en la materia médica de la antigua escuela, que como en otra parte he demostrado (28) las más veces se apoyaba en simples conjeturas y en conclusiones sacadas de los efectos obtenidos en las enfermedades. Procedíase de un modo arriesgado, cuando dejándose guiar por indicaciones más hipotéticas todavía se obraba contra la falta o superabundancia de oxígeno. de ázoe, de carbono o de hidrógeno en los humores; contra la exaltación o la disminución de la irritabilidad de la sensibilidad, de la nutrición, de la arterialidad, de la venosidad o de la capilaridad; contra la astenia, etc., sin conocer medio alguno para alcanzar los fines tan fantásticos. Esto no era más que pura orientación, eran curaciones de las cuales ninguna ventaja reportaban los enfermos.
Pero toda apariencia de tratamiento racional de las enfermedades desaparecía con el uso consagrado por el tiempo y aún erigido en ley, de asociar sustancias medicinales diferentes para constituir lo que se llama una receta o una fórmula colocase a la cabeza de esta fórmula. Colocase a la cabeza de esta formula, con el nombre de base, un medicamento que es desconocido con respecto a la extensión de los efectos medicinales, pero que se cree ha de combatir el carácter principal atribuido a la enfermedad por el médico, añádese a él como ayudantes una o dos sustancias cuya manera de afectar el organismo es no menos desconocida, y destinadas ya a cumplir alguna indicación accesoria, ya a corroborar la acción de la base; después se añade un correctivo cuya virtud medicinal propiamente dicha no se conoce mejor; se mezcla todo junto, haciendo entrar otras veces un jarabe o una agua destilada que igualmente posee otras virtudes medicinales, y se cree que cada uno de los ingredientes de esta mezcla una vez introducidos en el cuerpo desempeñará el papel que le ha señalado el pensamiento del médico, sin dejarse perturbar ni inducir a error por los demás que lo acompañan, lo que razonablemente no se puede esperar. Uno de estos ingredientes destruye al otro en totalidad o en parte, en su modo de obrar, o le da lo mismo que a los demás una acción distinta en la cual no se había pensado, de manera, que el efecto que se esperaba no puede producirse.
El inexplicable enigma de las mezclas muchas veces produce lo que no se esperaba ni podía esperarse, una nueva modificación de la enfermedad, que no se percibe en medio del tumulto de síntomas, y que queda permanente cuando se prolonga el uso de la receta; por consiguiente se añade una enfermedad ficticia a la enfermedad original o se agrava la enfermedad primitiva; o bien si el enfermo no usa por mucho tiempo una misma receta, si se le dan una o muchas otras compuestas de ingredientes diferentes, resulta al menos el aumento de la debilidad, porque las sustancias que se prescriben en semejante sentido generalmente tienen poca o ninguna relación directa con la enfermedad primitiva y no hacen más que atacar sin utilidad a diferentes puntos del organismo que no tienen relación con ella alguna.
Aun cuando fuese conocida la acción de los medicamentos en el cuerpo del hombre (y el médico que formula la receta muchas veces no conoce la de la centésima parte de ellos), mezclar muchos de estos, algunos de los cuales son ya compuestos, y por consiguiente han de diferir mucho entre si relativamente a su energía especial, para que el enfermo tome esta mezcla inconcebible a dosis copiosas y comúnmente repetidas, pretender luego, que de todo este fárrago se espere un efecto curativo, es un absurdo que reconoce todo hombre sin prevención y acostumbrado a reflexionar (29).
Sección coordinada por:
Dr. Santiago de la Rosa Iglesias
sdelarosa@jazzfree.com
http://www.medspain.com/tecnicas.htm
Jefe de Servicio de Medicina Complementaria. Clinica Ruber ( 1987-1999 ).
Secretario de la Sociedad Española de Acupuntura ( 1996-1999 ) Medico
Naturista, Homeopata y Acupuntor.
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