| La nueva revista de Medicina y Salud en Internet |

El ombligo y el cordón umbilical según la Antropología Médica y la Medicina Popular (II)
EL CORDON UMBILICAL (Cont.)
El cordón umbilical seco se desprende del pequeño, y a partir de ese momento se considera como un potente objeto mágico que, tratado de forma especial, es capaz de favorecer una serie de cualidades físicas en el pequeño. Diversos pueblos mexicanos llevan el cordón umbilical a lo más alto del monte o a lo más profundo del bosque para que el niño no tenga miedo y se haga valiente y esforzado; otros rociaban el cordón de los niños con mezcal, licor de alta graduación alcohólica, con el fin de establecer un lazo mágico entre ellos ya que se le atribuye al licor unas propiedades masculinas, mientras que los de las niñas se untaban con miel para que de mayores fueran mujeres de exquisita dulzura.
También ha servido para orientar el futuro profesional
del recién nacido, existiendo en todo el mundo muchos ejemplos de
este uso particular. Si el cordón era de varón las parteras
aztecas se lo entregaban a los soldados para que lo llevaran y lo
enterraran en el campo de batalla y así el niño sería
aficionado a la lucha y un buen guerrero, y si era de hembra lo enterraban
en el hogar para que la mujer se acostumbrara a estar en casa y hacer las
cosas que eran menester para comer. Entre los indios cherokees de América
el cordón umbilical de una niña se enterraba debajo de un
metate o placa para moler el maíz con objeto de que cuando creciera
llegara a ser una buena panadera, pero si era de niño se llevaba al
bosque y se colgaba de un árbol para que fuera un buen cazador. En
alguna tribu angoleña todavía se corta el cordón
umbilical de los niños con un azadón cuando quieren que sea
hábil con los cultivos. En la pequeña isla de Mabuiag, al
norte del continente australiano, el cordón se coloca junto al arpón
que su padre utiliza para la caza del dudongo, lo que favorecerá
que de mayor sea un arponero tan hábil como su progenitor. Diversas
tribus de Australia occidental creen que un hombre nadará bien o
mal, aptitud que consideran muy importante en la vida, dependiendo de que
su madre haya arrojado su cordón umbilical al agua o no.
En
Europa nos encontramos con prácticas similares, como era el antiguo
ritual practicado en la Babiera renana en el que se envolvía el
cordón umbilical durante cierto tiempo en un trozo de lino viejo y
después se cortaba o pinchaba en trocitos según fuera de niño
o de niña, a fin de que cuando crecieran fueran hábiles
artesanos o buenas costureras.
En España el interés en el futuro se orientaba más a la obtención de ciertos deseos personales más que profesionales, y la madre guardaba el cordón del niño hasta que fuera soldado, pues si lo llevaba dentro de una bolsita colgado del cuello o bien cosido a la ropa, obtendría un buen número en el sorteo de las quintas para el servicio militar, y en caso de ir a la guerra no moriría en ella; si pertenecía a una niña se guardaba para cuando fuera mujer, pues si se reducía a polvo el cordón desecado y se mezclaba con un alimento o una bebida, dándoselo a tomar al hombre deseado, éste se enamoraría de ella.
En otras ocasiones el cordón umbilical no actuaba como un simple elemento favorecedor de unas determinadas características físicas o cualidades útiles en la vida, sino que actuaba como amuleto o guardián mágico de su dueño. Es una práctica bastante extendida colocar el cordón umbilical junto al niño para que actúe como un ángel de la guarda: puede estar colgado de una pared o viga de la habitación del pequeño, anudado junto a la cabecera de la cuna o, incluso, escondido en el interior de la almohada.
Muchos de los pueblos indios que poblaban las praderas norteamericanas realizaban el corte del cordón a unos tres dedos del ombligo y guardaban el resto en una bolsita de cuero que primero guardaban en la cuna y que posteriormente la llevaba el hijo colgada por la espalda para que le protegiera de las enfermedades a lo largo de su vida. En ciertas tribus de Australia central es la madre la que lleva colgado en su cuello el cordón del hijo y piensan que si lo pierden el pequeño enfermará gravemente; otras tribus de la misma región, los aranda y los kaitish, lo cuelgan del cuello de los pequeños en la creencia de que así crecerán más alegres y sanos. La creencia en su poder mágico está muy arraigada en las pequeñas islas existentes entre Célebes y Nueva Guinea: en Seram llevan el trozo de cordón oculto en un collar para evitar las enfermedades, mientras que el las islas Leti y Moa próximas a Timor, lo usan como protector en la guerra o en los viajes arriesgados.
En Europa a finales del siglo pasado, en Alemania y más
concretamente en Berlín, la comadrona solía entregárselo
al padre recomendándole que lo guardara con sumo cuidado, pues
durante tanto tiempo como lo tuviera así guardado, el niño
viviría feliz y estaría libre de enfermedades; en las
proximidades de Nuremberg y para que el niño caminara ligero,
colocaban el muñón umbilical bajo su almohada junto con una
cabeza de liebre, aunque también era habitual que lo guardaran
hasta que el niño tenía la edad de seis años, momento
en el que la madre lo desmenuzaba y lo mezclaba con huevo batido hasta
hacer una tortilla que se le daba el niño para comer, pensando que
este alimento le despertaría la inteligencia; en Hessen lo cosían
a los trajes para que sirviera de protección contra golpes y armas
de fuego; en Oldenburg pensaban que el niño aprendería a
leer más fácilmente si le enseñaban la letra A del
abecedario a través de un tubito hecho con el cordón
umbilical desecado.
Los campesinos franceses de las zonas de Beauce y
Perche se cuidaban de no arrojarlo al agua o al fuego por miedo a que por
una mágica asociación el niño muriera ahogado o
abrasado por las llamas.
Los auspicios de buena suerte que rodeaban
al bautizado hacían que en ocasiones los familiares forzaran a la
providencia: en la ciudad de Königsberg, actualmente Kaliningrado,
cuna del filósofo Immanuel Kant, cuando llevaban al recién
nacido a la pila bautismal le daban un poco de sal, dinero y su ombligo
seco, por su valor como amuleto.
Al cordón umbilical también se le han dado otras funciones, como sería en Nueva Guinea el de servir como amuleto defensor del territorio cuando se le enterraba bajo un árbol, ya defendiendo mágicamente una propiedad particular o incluso todo el territorio de la tribu si se utilizaban para ello el ombligo del rey. También ha actuado como mensajero entre diversos pueblos para anunciar el natalicio: así lo hacen algunas tribus australianas que lo entrelazan con cabellos o tiras de piel de animales y lo envían a sus vecinos o familiares alejados para anunciarles el feliz acontecimiento, notificación a la que éstos responderán enviando regalos y presentes al pequeño que le sirvan de ayuda futura en la lucha por la vida. Otros pueblos lo utilizan como símbolo de identidad familiar, por ésta razón los pueblos mayas del interior de Yucatán envuelven el ombligo en una manta y lo arrojan sobre el tejado de la casa con el fin de identificar al niño con la casa paterna. También ha sido utilizado para establecer una relación mágica con los animales: en la isla de Saibai, entre Australia y Nueva Guinea, cuando el muchacho está cerca de la pubertad le dan de comer el cordón a un cerdo, que una vez halla engordado se matará y comerá en un festín mágico que auspiciará un futuro bien alimentado al joven; en España estaba bastante extendida la creencia de que si un animal devoraba el ombligo, el niño adquiriría las costumbres del animal que lo hubiera ingerido, lo cual llevaba a dobles planteamientos de evitación o aspiración.
![]() |
|
|
Otros usos del cordón han nacido de la idea del recién nacido como ser puro e inocente, y que se han manifestado básicamente en dos vertientes distintas: la religiosa y la diabólica. En cuanto a la primera, lo cierto es que no es extraño descubrir bolsitas, que contienen en su interior un muñón umbilical, en la proximidad de algún altar y disimuladas entre los clásicos exvotos, actuando como rogativa para la curación del pequeño o con el fin de conseguir la protección celestial, sería por tanto un objeto que, por su pureza, acercaría más al bebé a la divinidad; diversos lugares han llegado a cobrar cierta fama por este uso del cordón umbilical: en la región de mazahua, en México, existe una cueva en la que según cuenta la tradición se apareció Santa Teresa de Avila y donde los vecinos acuden a colocar el ombligo de sus hijos a los pies de la imagen de la santa para obtener su tutela. Muchas costumbres han sufrido una cristianización en este sentido y en diversas zonas de Mesoamérica, donde antes se practicaban determinados ritos onfálicos colgando los cordones de los árboles, hoy en día se realizan prendiéndolos de cruces cristianas ubicadas en montes solitarios.
Por la parte opuesta nos encontraremos con diversas prácticas mágico-religiosas, y muy especialmente en el Sabbat medieval, en las cuales los niños o partes de ellos, ya sean los huesos, la sangre, ciertas vísceras o la grasa, han sido utilizados tanto en actos antropofágicos como en la preparación de fórmulas arcanas; en el Macbeth de Shakespeare las brujas preparan un bebedizo con una serie de ingredientes, a cada cual más desagradable, entre los cuales consta el "dedo de recién nacido estrangulado y arrojado a la charca por una ramera". El muñón umbilical tendría quizá más categoría que muchas otras partes del cuerpo, ya que lo acercaba más a la idea de recién parido y, por tanto, menos contaminado y más puro, siendo también más fácil conseguir este resto que secuestrar a un niño y matarlo; en las celebraciones sabáticas los ombligos infantiles se freían habitualmente en aceite robado de las linternas de las iglesias. El uso del ombligo en la brujería todavía persiste en el estado mexicano de Guanajuato donde existen ciertas recetas mágicas como la "infusión con veintidós ombligos", número mágico obtenido por la suma de los 13 cielos y los 9 infiernos de la antigua mitología mexicana, y que supone una poción infalible para que el marido vuelva con su mujer.
![]() |
|
|
Se ha especulado también con una acción terapéutica
del cordón umbilical. Los incas peruanos ya conservaban los
cordones con el mayor cuidado para dárselos a chupar a las
criaturas cuando enfermaban, pues consideraban que contenía todavía
una cierta parte del alma del pequeño, lo que le daría nueva
vitalidad. Los tarascos mexicanos consideraban el cordón umbilical
de los primogénitos como un gran remedio para muchas enfermedades y
por ello la partera se encargaba de arrancarlo de la placenta y de
guardarlo celosamente en la bolsa donde llevaba el resto de sus medicinas.
En Huitzuco, Guerrero, al sur de la Ciudad de México, se
utilizaba una infusión de ombligo de varón para curar el
empacho en los niños. En algunos pueblos de España se
guardaban los cordones umbilicales para, si el niño de mayor
presentaba una incontinencia nocturna de la orina, hacer caldos con ellos
pues estaban considerados como un gran remedio contra la enuresis, además,
si los cordones eran de mellizos, en pueblos andaluces se secaban y se
conservaban en saquitos, pues estaban considerados como un buen remedio
para el dolor de vientre; en zonas de Extremadura los introducían,
una vez secos, en agua durante veinticuatro horas, obteniendo la llamada "agua
de tripa", utilizada para lavar los ojos enfermos de los niños.
En los países del norte de Europa fue un elemento curativo de cierta importancia: en la provincia sueca de Västmanland se ponía el ombligo pulverizado en el pezón de la madre para que el niño no tuviera cólicos, mientras que en otras zonas usaban el agua en la que se había lavado el ombligo para frotar los angiomas de la piel del recién nacido. La utilización del ombligo del recién nacido para eliminar las manchas atribuidas a los antojos de la madre durante el embarazo ha estado muy generalizada en todo el mundo, con este fin en Suiza ya utilizaban el agua en la que se había macerado el cordón junto con algarrobas silvestres. En Finlandia el ombligo se cocía en leche que posteriormente se daba a los niños para curar las heridas y llagas de la boca, aunque una simple infusión del mismo era utilizada en alteraciones dermatológicas del infante como la erisipela o determinados eczemas.
Una receta con el cordón umbilical que tiene una conexión directa con la magia de relación era la utilizada por los indios yaquis de México, ya que la usaban para producir una inmunización mágica al procurar que fuera comido por insectos y alimañas como abejas, tábanos, arañas y escorpiones, para que si en el futuro alguno de estos animales picara al niño nunca resultara una picadura grave ni lo envenenara, quedando todo en un pinchazo de efectos insignificantes.
También ha sido considerado como una buena medicina para la puérpera, y por ello, en el estado de Guanajuato, México, el ombligo del recién nacido se quemaba inmediatamente tras cortarlo para que el humo que desprendiera purificara a la mujer y la librara de los entuertos.
El cordón umbilical ha tenido tanta importancia en la medicina popular que no sólo los recién nacidos o sus madres eran los destinatarios de la bondad de sus efectos, siendo muchas las personas que lo utilizaban en su botiquín particular: entre los chatinos de Oaxaca, México, era utilizado contra la diarrea y el vómito al mezclarlo con cáscara de huevo, tierra de panal y agua estéril; se engarzaba en un anillo de oro o de plata como talismán contra los cólicos entre los suabos del sur de Alemania; en zonas de Suecia era utilizado como medicina general cuando se maceraba con alcohol. Múltiples han sido los usos terapéuticos del cordón: contra la epilepsia, el raquitismo, las hemorragias uterinas, al alcoholismo, las conjuntivitis y todo tipo de inflamaciones oculares, en problemas dermatológicos variados, para curar el hipo...
De interés son los ritos onfálicos anticonceptivos practicados por los mestizos de San Francisco del Rincón, México: para ello se utiliza el cordón del primogénito varón, que tras ser cocido y mezclado con los alimentos por la esposa, se lo dará a escondidas a su marido; la magia reside en la creencia de que si el "doble" del niño vuelve a su padre se cerrará un círculo mágico que impedirá a la esposa una nueva e indeseada gestación; otro método que también tienen, aunque considerado como menos fiable que el anterior, consiste en dar de comer a un perro el ombligo del último hijo nacido. En Chalcatongo, y con el fin de que la familia no aumentara más, se colocaba el ombligo del recién nacido bajo la línea de caída del agua de una gotera.
AL FINAL DEL CORDON...
Para terminar comentaremos que los destinos alternativos y alejados de la medicina que hemos visto se le daban al cordón umbilical quedan hoy en día y casi exclusivamente como una simple curiosidad para los antropólogos, aunque en realidad pueden resultar útiles para comprender el llamado "pacto médico-hechicero" que defiende el doctor José Manuel Reverte Coma en la relación entre dos culturas médicas y populares diferentes, fenómeno que debe predominar en la exportación del saber médico a los pueblos indígenas, dando a conocer las ventajas de la moderna medicina por medio de los brujos, chamanes y curanderos de cada tribu, valorando a su vez la medicina aborigen con el fin de crear una medicina mixta donde el terapeuta primitivo y moderno no rivalicen, sino que compartan y aprendan técnicas que beneficien a ambos.
El caso que vamos a relatar como ejemplo de esta situación sucedió entre los años 1945 y 1958 en Xochimilco, México, cuando a petición de los habitantes del pueblo se construyó un centro materno-infantil. El centro disponía de todos los adelantos médicos disponibles en esa época y un personal altamente cualificado, pero fue llamativo que pasadas unas cuantas semanas desde su apertura las embarazadas dejaron de acudir para dar a luz. Como el problema no estaba en una disminución de los nacimientos en la comarca, se abrió una sutil e inteligente investigación en busca de las causas; la encuesta demostró que el problema estaba en los ombligos de los recién nacidos, pues el hospital, con gran criterio higiénico, los incineraba en vez de conservarlos o enterrarlos según la tradición milenaria de la región, lo que provocaba angustias y sufrimientos a las madres acerca del destino de sus hijos. La solución, que se tomó con buen criterio, fue muy sencilla: se permitió la entrada al hospital a las parteras y comadres para que se hicieran cargo del cordón de los niños tras el parto y cumplieran con sus ritos ancestrales. Gracias a esto el centro materno-infantil de Xochimilco consiguió ser, en los años ochenta, uno de los de mayor fama y más concurridos de todo el valle de México.
Dr. Lorenzo Terrasa Nicolau
Copyright © 1.998 -1.999 MEDSPAIN - All rights reserved.